El psiquiatra de niños, niñas y adolescentes Elías Arab, autor de El Cerebro Roto y la Generación Emergente, en conversación con Congreso Futuro explica por qué el cerebro de los jóvenes es el blanco perfecto para el diseño de las redes sociales. A ese diagnóstico se suma un riesgo que pocos anticipan: la inteligencia artificial está creando un nuevo tipo de dependencia emocional en adolescentes.
Un adolescente chileno pasa entre siete y nueve horas al día frente a una pantalla, lo que equivale a más de 60 horas a la semana: bastante más que la jornada laboral de 40 horas que Chile incorpora de manera gradual. Para el psiquiatra de niños y adolescentes Elías Arab, docente de pre y postgrado en la Universidad de Chile y exdirector de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y Adolescencia (SOPNIA), esas horas no son un hábito inofensivo: son el síntoma de un daño directo sobre el cerebro en desarrollo.
El mecanismo detrás de ese enganche tiene una explicación biológica. “La dopamina es lo que nos permite sobrevivir. Entonces, el cerebro interpreta que algo que genera dopamina es algo necesario para vivir. Cuando hackeamos este sistema, generamos una dosis mucho mayor de dopamina que la que entregan las experiencias naturales”, explicó Arab. Las redes sociales, diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia, explotan exactamente esa lógica.
A eso se suma una asincronía propia de la adolescencia: el sistema de recompensa madura antes que la corteza prefrontal, que es la zona del cerebro responsable del autocontrol y la toma de decisiones. “Hay muy buen motor, pero muy malos frenos”, dijo el especialista. Esa brecha hace al cerebro joven especialmente vulnerable al diseño de las plataformas, que además muestran versiones aspiracionales de la realidad y complican la construcción de identidad, proceso que no se consolida hasta cerca de los 25 años.
El uso intensivo de pantallas, más de una o dos horas diarias, según varios estudios, deteriora también funciones ejecutivas como la atención, la concentración y la regulación emocional, advierte Arab.
Frente a ese diagnóstico, el psiquiatra es preciso en recomendar que: “entre los cero y seis años, idealmente cero pantallas. El problema no es el teléfono en sí, es el acceso ilimitado a internet y redes sociales”, señaló. Para el tramo entre los siete y los 13 años recomienda menos de una hora diaria, y desde los 14 en adelante un máximo de dos horas, incluyendo el uso académico. Las redes sociales, en particular, deberían esperarse hasta los 16 años.
Arab incorpora además a la inteligencia artificial generativa entre los factores de riesgo emergentes e identifica tres efectos posibles: atrofia cognitiva por delegación de tareas al algoritmo, dependencia afectiva hacia chatbots y una nueva forma de comparación que ya no ocurre entre pares sino con versiones mejoradas de uno mismo.
Sobre el segundo efecto es especialmente directo. “Aparece la idea de: ¿para qué voy a estar con mis amigos de la vida real, si acá me siento mejor, me felicitan, me entienden? Ahí se genera una dependencia y un aislamiento”, advirtió, y denominó ese fenómeno como “vínculos sintéticos”.
Para el especialista, la respuesta no pasa únicamente por restringir el acceso a dispositivos, sino por recuperar algo más profundo. “Tenemos que volver a construir comunidad. Volver a ser tribu: apoyarnos entre familias, usar espacios comunes, abrir los colegios, recuperar la vida real”, planteó.
Arab concluye que el fenómeno tiene además una dimensión de equidad: el desarrollo cerebral que se pierde en la infancia por el acceso irrestricto a pantallas no se recupera después, y ese daño no afecta a todos los niños por igual, generando incluso más brechas sociales.
Conoce más sobre este tema en la charla de Elías Arab en Congreso Jóvenes Futuro 2025:
