Considerando datos abiertos e históricos, una investigación publicada en Cambridge propuso un modelo para medir los riesgos ante desastres a los que puede estar expuesta una ciudad, aplicándolo como ejemplo concretamente en Coquimbo. En ese sentido, los sectores más vulnerables de la ciudad costera son los que concentran mayores niveles de peligro ante situaciones como tsunamis y terremotos.
Eran las 19:54 del miércoles 16 de septiembre de 2015 cuando un terremoto de magnitud 8,4 impactó a Coquimbo. En unos minutos el mar se recogió y luego sus olas avanzaron con furia hacia la ciudad. 15 personas murieron, 27.722 quedaron damnificadas y más de 5.000 casas quedaron destruidas o dañadas. Al día siguiente, Cristóbal Trigo, que trabajaba en una empresa de aerotopografía, la cual usaba drones para hacer mediciones precisas de un terreno, asistió voluntariamente hasta la zona de la catástrofe para ayudar a hacer un “mapeo” de las consecuencias. Pero no lo dejaron pasar. Aunque no se le permitió realizar esa labor, su presencia en terreno le permitió constatar la respuesta local ante la emergencia e identificar algunas falencias y oportunidades para mejorar la capacidad de reacción frente a este tipo de eventos.
El terremoto de 2015 en Coquimbo fue la motivación para desarrollar el estudio “Propuesta metodológica para la cuantificación y evaluación integrada del riesgo de desastres”publicado por Cristóbal Trigo, en conjunto con el académico Pedro Arcos. La investigación propone un modelo matemático para evaluar el riesgo ante desastres, aplicado en Coquimbo, que contribuya a identificar qué zonas de la ciudad están más expuestas a desastres, qué tan vulnerable es cada zona y qué capacidad tienen las autoridades y el gobierno local para responder.
El estudio, que fue destacado en la revista científica de la Universidad de Cambridge “Disaster Medicine and Public Health Preparedness” mide factores como la frecuencia e intensidad históricas de eventos peligrosos, la resiliencia de las comunidades y su exposición. Además, identificó los terremotos y tsunamis como las amenazas más recurrentes para la ciudad, en conjunto con las inundaciones, las sequías, los incendios forestales y los deslizamientos de tierra.
En cuanto a las zonas más expuestas, en el caso de los terremotos, se identificó las áreas de Baquedano y Tierras Blancas por su alta densidad poblacional y la falta de resistencia sísmica de los edificios. Asimismo, Parte Alta, Puerto y Guanaqueros “son vulnerables debido a la antigüedad de sus edificios, los materiales de construcción empleados y su proximidad al océano”, señala el estudio. Por otro lado, al encontrarse en una zona rural, Pan de Azúcar estaría también expuesto a tener normativas sísmicas más laxas.
Por otra parte, el modelo reconoce que Coquimbo es altamente vulnerable ante tsunamis por la presencia de áreas densamente pobladas en todo el borde costero. “El área del Parque O’Higgins, terminal de autobuses y el puerto están construidos sobre terrenos ganados al mar, donde históricamente existía una laguna que se inundaba permanentemente, lo que hace que el área sea altamente susceptible a marejadas ciclónicas e inundaciones por tsunami”, indicó el estudio. Se suman El Culebrón y La Herradura, que están construidos sobre un humedal. También, se consideró Baquedano, el puente del arroyo Tongoy, Guayacán, Guanaqueros y Puerto Aldea como zonas residenciales que están construidas en áreas propensas a tsunamis.
En concreto, el trabajo señaló que las zonas más pobres son las que están más expuestas a sufrir las consecuencias de las catástrofes, debido a sus condiciones materiales, su falta de preparación y su ubicación geográfica.
Resiliencia como factor clave
En conversación con Congreso Futuro, el autor del estudio, Cristóbal Trigo, resaltó la importancia de considerar la resiliencia –la capacidad de una comunidad para anticipar, resistir, adaptarse y recuperarse de los desastres– como un factor para evaluar el riesgo ante estos sucesos. También, aseguró que muchas veces las comunidades quedan en desventaja para reaccionar debido al desconocimiento, la desorganización y la falta de recursos. Incluso, algunas personas cuyas viviendas han sido relocalizadas por el peligro vuelven a instalarse en las mismas zonas de riesgo, como en el caso de Chaitén.
“Cómo reacciona la comunidad con su entorno es clave para definir planes de acción. Si yo solamente me enfoco en planificar una realidad que no domino, que no he podido palpar en terreno, si omito que dentro de la comunidad existen referencias históricas y trato de mover a las personas, ellos no se van a mover y mi plan va a fracasar. Por eso el concepto de resiliencia toma una gran relevancia debido a que mezcla los recursos que tiene la comunidad para afrontar un problema, pero también los recursos que le entrega esta estructura política de la zona”, explicó Trigo.
En ese sentido, destacó el desarrollo de los planes de desarrollo comunal para controlar la expansión de edificaciones de forma que éstas respeten la normativa sísmica y que no estén expuestas en zonas de riesgo. El autor señaló que “si no tenemos control sobre lo que queremos hacer con nuestra ciudad, van a aparecer focos de construcciones sobre lugares en donde quizás no corresponde construir, posiblemente construcciones que no estén alineadas a los parámetros legales. Viviendas con materiales totalmente ligeros no van a ser resistentes ante un evento de un terremoto, qué es tan típico en Chile”.
Tras la publicación del estudio, Trigo ha podido presentar el modelo a las generaciones que lo sucedieron del Magíster en Investigación y Gestión de Emergencia y Desastre –que imparte la Universidad Autónoma en conjunto con la Universidad de Oviedo–. Allí, aseguró, ha podido conversar y presentar el modelo a personas de Senapred, Conaf y las Fuerzas Armadas, con quienes ha podido profundizar sus conocimientos y aplicaciones. El objetivo de Cristóbal es contribuir a fortalecer el desarrollo de una cultura preventiva ante desastres naturales.
