El académico de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Geografía 2013 recibe el IGU Award for Distinguished Geographical Practice 2026, distinción que la Unión Geográfica Internacional otorga a cuatro especialistas en el mundo, siendo el primer latinoamericano en recibirlo. 

Desde las islas de calor de Santiago hasta los salares del norte, Hugo Romero lleva más de medio siglo estudiando cómo Chile habita su territorio y, con esa trayectoria, sostiene algo que suena simple y urgente: que el país no puede tener soberanía real sobre sus recursos naturales si no entiende primero el territorio que los alberga. Esa convicción la ha llevado a Proyecta Chile 2050, iniciativa en la que coordina la Mesa Territorios y Suelos para Construir Futuro al frente de un equipo multisectorial de más de 100 personas de todas las regiones del país.

¿Qué lo llevó a dedicar su vida a entender cómo habitamos la tierra?

Cuando era muy joven, a los 15 años, mi padre me ofreció trabajar durante las estaciones de verano como auxiliar de un bus de turismo. A raíz de eso tuve ocasión de conocer gran parte del país. Para mí fue una sorpresa descubrir el desierto de Atacama, los volcanes del sur, cruzar la cordillera varias veces. Me fue pareciendo todo eso sorprendente, desafiante. Y fui comprendiendo que vivir en el país más largo del mundo tiene ciertas especificidades. Cuando llegué a la universidad, entré a estudiar pedagogía en historia y geografía, pero en realidad a estudiar historia. Cuando comencé a tener las primeras clases de geografía, lo que yo había conocido encontró su explicación científica y ahí comencé a abrazar esta disciplina.

¿Qué reconoce este premio de la Unión Geográfica Internacional?

El premio es otorgado por el principal organismo mundial de la disciplina. Es la tercera vez que se entrega (2022, 2024 y ahora 2026) y elige a cuatro geógrafos del mundo. No es un premio estrictamente científico ni absolutamente académico. También privilegia las relaciones internacionales y la capacidad de transmitir los problemas de un país como Chile o de un continente como Sudamérica al resto del mundo. Lo que se está reconociendo, según los antecedentes del premio, es algo que tiene que ver con una especial sensibilidad frente a los problemas que van surgiendo y, sobre todo, con la capacidad de devolver ese conocimiento en el lenguaje cotidiano de las comunidades para territorializar.

Usted menciona que la ciencia no puede dar respuestas inmediatas. ¿Cómo se procesa esa distancia entre el conocimiento y la aplicación?

El primer artículo que escribí sobre islas de calor en Santiago es de hace 30 años. Y anteriormente había otros académicos que también se habían preocupado del problema. Recién ahora, a raíz del cambio climático y su efecto en las ciudades, las islas de calor aparecen como tema. Han pasado 30 años. Uno no le puede pedir a la ciencia respuestas inmediatas porque tiene que pasar por varias estaciones antes de llegar a lo que corresponde aplicar. Eso implica que la visión prospectiva del futuro sea muy importante.

¿Puede Chile tener soberanía real sobre sus recursos naturales si no entiende primero su propio territorio?

Absolutamente imposible. Nosotros vamos a seguir siendo una economía dependiente si solo insistimos en un proceso extractivista. Nuestra dependencia de los mercados internacionales es tremendamente alta. No puede ser que cambie el precio del cobre en la tasa de Londres y eso se refleje inmediatamente en el precio del dólar del día a día nuestro. En el intertanto no hay filtro suficiente asociado a la transformación de esos insumos en algo más complejo: lo que llamamos valor agregado. Una dependencia tan estricta del precio de nuestros recursos naturales, que no depende de nosotros y que son absolutamente volátiles, no garantiza la estabilidad necesaria para sustentar proyectos de largo plazo.

El Atacama concentra cobre, litio, cielos para observatorios astronómicos, comunidades indígenas, turismo. ¿Cómo se administra esa densidad?

No hay otro salar atacameño en el mundo. No hay una condición de cielos transparentes como para alojar todos esos observatorios astronómicos. No hay una carga de radiación solar en el planeta como la que allí se recibe ni, por lo tanto, una capacidad de evaporación y formación de litio como la que existe ahí. Las principales minas de cobre del mundo están ahí. Tiene el cobre, el litio, los cielos más limpios, el salar con una belleza increíble, los flamencos recorriendo los lagos, una población nativa con valores ancestrales fundamentales. Todo está en el mismo territorio y no podemos destruir nada de eso. Buscar un desarrollo armónico que permita conseguir logros que satisfagan todos estos aspectos es una tarea realmente muy interesante y puede ser excepcional en el mundo.

¿Qué le falta a Chile para producir ese diálogo entre actores que hoy se descalifican?

Nos ha faltado mucho diálogo, mucha comprensión, también mucha capacidad de armonizar objetivos. Tendemos a descalificarnos muy rápidamente, a quebrar los diálogos, a generar fricciones que, si bien son entendibles por la calidad de los intereses en juego, no justifican la ausencia de un proyecto de desarrollo nacional integrado, perdurable, acumulativo y tendencial. Un proyecto en el que cada acción que vamos emprendiendo no sea un retroceso, sino un avance en un camino continuo.

El desequilibrio territorial aparece como un nudo central en su análisis.

No puede ser que el 50% del producto y el 50% de la población estén en la zona macrocentral y que regiones como Aysén tengan el 0,5% del producto. Eso genera ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría. Hoy día, con la virtualidad, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, la distancia prácticamente está vencida. Podríamos y debemos tener centros de investigación, producción de conocimiento y educación potentes en los extremos. No puede ser que la Universidad de Magallanes esté quebrada. Es un polo fundamental en nuestra geografía.

Proyecta Chile 2050 trabaja con ese horizonte. Usted mismo bromeó en el último evento con que tiene una certeza que los demás participantes no tienen.

Sí, yo soy el único que dijo con seguridad que no voy a estar el 2050. Todos los demás participantes eran bastante más jóvenes. Ante esa certeza, la responsabilidad es mayor, porque quiere decir que lo que hagamos hoy no lo vamos a ver necesariamente, pero sí tiene que traducir nuestra expectativa, nuestras esperanzas, nuestros deseos de un mundo mucho más conveniente para todos y un país mejor.