Desde un zoológico en Japón hasta la experiencia veterinaria en Chile, el caso revive la historia de la teoría del apego y recuerda que el contacto no es solo afecto: es una necesidad biológica clave para el desarrollo, la regulación del estrés y la supervivencia.
Un mono bebé aferrado a un peluche es la escena registrada en el zoológico de Ichikawa en Japón que dio la vuelta al mundo en cuestión de días. Punch, una cría de macaco que fue rechazada por su madre y no logró integrarse al grupo, encontró en un muñeco de tela un sustituto al cual abrazar, un gesto que conmovió a millones de personas y abrió la conversación sobre la teoría del apego.
Pero la imagen no es solo tierna, es biológicamente coherente
Un artículo publicado en The Conversation recordó que el caso dialoga con los experimentos realizados en los años cincuenta por el psicólogo estadounidense Harry Harlow. En esos estudios, crías de monos rhesus separadas de sus madres preferían permanecer aferradas a una figura suave antes que a una estructura que les proporcionaba alimento.
El hallazgo cambió el paradigma conductista dominante de la época, concluyendo que el apego no se construye únicamente a partir de la nutrición física, sino de la seguridad, el afecto y el contacto.
Desde la experiencia clínica con primates, el Dr. Sebastián Celis, jefe de Veterinaria del Bioparque Buinzoo, explicó a Congreso Futuro que este comportamiento responde a un patrón innato. “Las crías nacen con un comportamiento de aferrarse a la madre prácticamente las 24 horas del día. Incluso cuando la madre salta, corre o huye, la cría no se suelta”.
Ese contacto permanente cumple funciones fisiológicas decisivas. “Ayuda a la termorregulación, estabiliza el ritmo cardíaco y respiratorio y regula los ciclos de sueño y vigilia. En las primeras semanas hay un desarrollo neuronal muy intenso y el contacto es clave para enfrentar el estrés”, explicó.
Cuando ese vínculo se interrumpe, el impacto es medible. “La separación temprana produce ansiedad, aumento de cortisol y alteraciones inmunológicas. Si la cría no recibe calostro, pierde una fuente importante de anticuerpos. Son animales más vulnerables”, advierte Celis.
En ese contexto, el peluche adquiere un rol concreto. “Pasa a ser un objeto de apego sustituto que ayuda en la regulación sensorial y emocional. También influye en el desarrollo neuroendocrino. Está comprobado que disminuye la mortalidad en las crías y ayuda a regular el estrés”, afirma el veterinario. No reemplaza a la madre, pero amortigua su ausencia y favorece la adaptación.
El especialista agrega que estos objetos son transitorios, pero fundamentales en la primera etapa de crianza y en la transición hacia la reintegración social. “Luego el mono tiene que integrarse a una jerarquía y encontrar su rol dentro del grupo. En esa transición, el peluche puede ser una herramienta importante”, señala.
Las causas del rechazo pueden ser diversas: inexperiencia en hembras primerizas, enfermedades sistémicas o locales como mastitis, alteraciones genéticas, conflictos jerárquicos o ambientes socialmente inestables. “Son factores de salud y también conductuales, ligados a la estructura social, los que pueden llevar a un fracaso en la crianza”, explica.
El caso de Punch expone con claridad una conclusión respaldada por décadas de investigación en primates: el apego no es un rasgo exclusivamente humano, sino una estrategia evolutiva profundamente arraigada en especies con vida social compleja. El contacto no es un complemento emocional. Es parte de la arquitectura biológica del desarrollo, un mecanismo que regula el estrés, organiza el cerebro y sostiene la supervivencia.
